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Actualidades : Casa General

EN EL CORAZON DE ROMA

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Redactado por David Boisvert y  Joanie St-Pierre
(De paso por la Casa General en Noviembre)

El despertador suena, es de noche. Faltan todavía dos horas antes de que los rayos del sol calienten esta famosa ciudad llena de gloria y de historia. Fenómeno muy presente en el corazón de nuestra civilización, nuestras glorias e historias pasadas no han podido jamás remediar la pobreza que hace siempre estragos en las grandes ciudades del mundo. Roma desafortunadamente no es la excepción. El sol tiene la misión de calentar la tierra, otros se han dado la misión de calentar los corazones olvidados y reavivar las fortalezas que se apagan, tranquilamente, bajo la mirada esquiva de los turistas. Desde hace varios años, dos días por semana, la Hermana María Carla, Hija de la Sabiduría italiana, acoge más de 100 personas  itinerantes cada día en su centro: el Centro Docci.

En el recodo del último rincón de la calle, podemos desde ya percibir varias personas haciendo una fila que se alargará gradualmente al ritmo de la llegada del alba. Algunos parecen estar impacientes pero comprenden que de nada sirve cerrar el camino a esta dama que, con su mirada, impone sabiduría y respeto. Cerrando la puerta tras ella, comienza el trabajo. Es necesario preparar el té, la Coca-Cola y el sencillo refrigerio que el centro puede permitirse ofrecer a fin de sostener los estómagos con frecuencia hambrientos hasta medio día, hora en la cual podrán presentarse, no lejos de allí, al Centro Caritas, para recibir el almuerzo.

Dos de sus empleados están ya en el trabajo; la una, costurera, acabando o comenzando algunos arreglos, el otro, hombre todero, ayudando con la organización y con su físico imponente, dando cierta seguridad. La puerta se abre entonces para los primeros cinco de la fila. Ellos conocen la rutina. Bajan las escalas hacia el sótano y se dirigen hacia atrás donde podrán primero bañarse con una ducha de agua de agua caliente. Después de darles máquina de afeitar y crema, su ropa sucia de al menos una semana, es cambiada por ropa limpia.  Las noches frías de Noviembre anuncian la llegada del clima invernal, les ofrecen una bufanda caliente y una chaqueta. Algunos sorbos de te, algunas galletas y deben salir. Afuera la fila se alarga, es necesario dejar el puesto para los otros 95 sin techo que visitarán este sótano, agradablemente arreglado por los padres Carmelitas. Algunos se resisten pero la Hermana María Carla insiste, con el corazón en la mano, pero con mano fuerte.

Al ritmo de este continuo va y viene, hay que lavar, arreglar, doblar y planchar la ropa. También es necesario asegurarse de que no falte el jabón, el té y menos la ropa…  Poco tiempo queda para ir por las ayudas y los dones. Por eso es importante rodearse de personas que pueden facilitar ropa usada, recolectar y hacer la distribución. Viene luego la hora de hacer las cuentas y de asegurarse que el centro podrá reabrir sus puertas las semanas siguientes. El futuro es una inquietud constante para la Hermana María Carla quien busca tranquilamente un remplazo.

A pesar de las dificultades encontradas y el tiempo que esto exige, María Carla y sus ayudantes continúan dándose a esta obra que aspira mejorar la calidad de vida de muchas personas sin techo. Nos confiesa que es cuando los ve tomar el tiempo de mirarse en el espejo, de peinarse, de rasurarse y de colocarse los vestidos limpios, que ella advierte una dignidad siempre presente en sus ojos. Entonces recuerda la importancia de continuar su misión.


Así se van ellos. Detrás la Hermana María Carla y su equipo quedan con la esperanza de que un día estos muy numerosos sin abrigo no volverán más, porque dejaron la calle hacia un futuro mejor. Mientras tanto podrán contar siempre con la insaciable generosidad y humilde respeto de esta gran dama y de su obra que contribuye a hacer palpitar el corazón de Roma.

GRACIAS por haber compartido este bello momento con nosotros.


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